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Bufeos: La primera captura

El bufeo, delfín rosado boliviano, conocido para el mundo de la ciencia como Inia boliviensis es considerado el embajador de la Amazonía de nuestro país.

- Muy bien señores, vamos a comenzar – dice Pato – Con calmita, lo más tranquilo posible muchachos.


El río está surcado por mallas tanto aguas arriba como aguas abajo, se ha formado un gran corral acuático. Adentro del corral, ante la orden que acaba de dar Pato, los pescadores manipulan con agilidad profesional otra serie de redes que va reduciendo poco a poco el espacio en el que se mueven los animales.


Las barreras romboides dentro del corral ahora cercan una superficie que pareciera ser la de una gran piscina. Alrededor los pescadores con el agua al pecho, algunos con el agua al cuello, sosteniendo las mallas continúan avanzando. No hablan entre ellos, aun así, nadie va adelantado, nadie va atrasado, todos se mueven lentamente en dirección de la playa, reduciendo cada vez más el espejo de agua, todos a un ritmo coordinado, preciso, casi como siguiendo el tempo de una pieza musical “new age” inaudible.


En la orilla esperan expectantes las personas, tanto las que están dentro del área delimitada con la cinta amarilla - sí, esa misma cinta plástica que aparece en las películas para aislar un área, esa que claramente reza “NO PASAR” en grandes letras negras – así como las personas que están del lado externo de la cinta. Andrés está adentro de la cinta y yo por afuera de ella. Ahí en la playa, me da la impresión que parecemos todos un gran grupo de suricatos vigías, ojos bien abiertos, cuerpos estirados, cuellos alargados, pies bien puestos en en la arena, todos mirando en la misma dirección, al agua chocolatada que queda dentro del espacio de las redes.


A medida que los pescadores se acercan entre sí y el espacio entre ellos se reduce cada vez más, la atmósfera se rodea de un silencio inusual para la Amazonía, hasta las nubes en el cielo dan la impresión de bajar la mirada para ver lo que sucede. Me percato de esto porque puedo escuchar el tun-tun, tun-tun de mi corazón, pero ¿es mi corazón el que escucho? ¿es el corazón de Lila, que está parada a mi lado? Podría ser el corazón de Leslie junto al equipo al otro lado de la cinta, el corazón de alguno de los pescadores o ¿será posible? ¿es el corazón de él o ella, lo que sea que haya quedado encerrado en las redes? ¿Acaso puedo sentirlo(a), acaso puede sentirme? ¡Vamos, esto es una expedición de ciencia! Por si acaso, solo por si acaso intento calmar mi pulso y respiro. Sin embargo, ni bien inspiro tengo la certeza que ya no respiro más en singular.


- Escúchenme, vamos a sacar uno y el otro lo contenemos en la otra malla – dice Pato una vez que todos se dan cuenta que son dos los animales que se encuentran limitados dentro de un espacio algo más grande que una piscina para niños - Vamos, lo más calladito que se pueda, todos calladitos por favor y sin mucho chapaleo.


Tres pescadores y un guardaparque ingresan la camilla – diseñada exclusivamente para esta operación – a la “piscinita”, donde todos quedan con el agua pegándoles a las rodillas. Bajan la camilla hacia el fondo e intentan subir uno de los animales.


- Con calma, con calma – interviene la doctora Carla todavía desde la orilla.


El animal sube por un momento, pero una vez que suspenden la camilla, ágilmente el enorme bicho de cuerpo robusto y tubular ladea la cabeza lateralmente con una flexibilidad de gimnasta olímpico, gira sobre sí mismo, adquiere una forma casi perfectamente circular y se desplaza fuera de la camilla de vuelta al agua. Pato intenta sostenerlo, pero el animal da un coletazo y deja claramente establecido que es en el agua donde más cómodo se siente, donde quiere estar. Al segundo intento es Negro, otro de los pescadores, el que casi recibe un buen coletazo.


- ¡Bajá, bajá! – instruye Pato para que bajen la camilla hasta el fondo.


- Con calma, con calma – repite la doctora en un tono tranquilizador.


Mientras tanto en la orilla todos seguimos conteniendo la respiración, las cámaras disparan en ráfaga y un dron vuela en el aire. De lejos se observa el agua que salpica, los hombres agachados evaluando la mejor forma de subir al bicho en la camilla. De repente todos se agachan en cuclillas, muy calmados.


- Despacito no más que él sube – dice Pato y empuja a uno de los animales sin forzarlo, encima de la camilla.


Don Hernán logra agarrar la cola y termina el trabajo. Los demás suspenden los soportes, aún de cuclillas y el animal queda adentro de la camilla. Cuando Pato intenta sostenerlo y amarrarle el “pico” para evitar mordeduras, el animal comienza a retorcerse y a pelear. – Con calma, con calma – repite una vez más la doctora Carla quien ha ingresado al agua y desde un lado y por afuera de la camilla, toca al animal para tranquilizarlo. La pelea disminuye, Pato puede concluir la maniobra y acomodan correctamente al animal en la camilla.


- ¡Ahora sí! – indica la doctora Carla.


Los cuatro pescadores en los extremos de la camilla quienes no hablan entre sí, suspenden los soportes al unísono y el animal queda expuesto completamente fuera del agua. Es un enorme macho de ciento siete kilos, cuya piel lustrosa aun brillando por el agua reluce y nos deja a todos boquiabiertos por una milésima de segundo. Es un hermoso delfín rosado boliviano, que nos hace soltar un profundo suspiro colectivo mientras hace su paso hacia el laboratorio, ese espacio delimitado en la playa, adentro de la cinta amarilla.


En el departamento del Beni, es muy común escuchar la palabra “primo”. Además de decirle así a aquellos parientes co-sanguíneos es común llamarle “primos” a los amigos cercanos, no sólo es el nombre que se le da al hijo de un tío, sino que es también una expresión de cariño. Dado que el Beni es el segundo departamento de Bolivia que tiene una menor densidad poblacional (aprox 2hab/ km2), además de expresión de cariño, cada vez que un beniano utiliza la palabra “primo”, tiene una alta probabilidad de estar acertado.


La escena se desarrolló en el Parque Departamental y Área Natural de Manejo Integrado Iténez, en el Beni. Este departamento es prácticamente el hogar por excelencia del bufeo boliviano. Es por esto que fue casi orgánico escuchar, un par de noches más tarde en el campamento y después de haber cenado, que los mismos pescadores locales decidieran bautizar aquel delfín en particular con el nombre de “Primo”.


Primo, fue el primero de cinco bufeos que fueron capturados y marcados, a fines de noviembre de 2017, con dispositivos de rastreo satelital por primera vez en la historia de la especie con la finalidad de que se realicen estudios ecológicos específicos. Y ahí estuvimos nosotros viviendo el privilegio de hacer historia en el mundo de la ciencia y de ser testigos de aquella escena digna inspiradora de un haiku.


Equipo de pescadores, guardaparques, biólogos, veterinarios y comunicadores.

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© 2018 by Andres Unterladstaetter / Gabriela Tavera VAMOS

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