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Santiago de Chiquitos, la Antesala del Cielo, donde no hay...



Cada vez que toca subir a algún lado en campo, los últimos metros son casi siempre una escena parecida. Levantar la mirada, vislumbrar los pedacitos de cielo a medida que la vegetación escampa, presentir la cercanía a la cima aprieta el cuerpo con una suerte de angustia mezclada con prisa. Se siente una falsa alegría que duele, que no se puede disfrutar, pero empuja.


“Un paso más, uno más, ya casi, ya casi” son las palabras de aliento mentales que usaba poco antes de llegar al “mirador” en Santiago de Chiquitos. Una vez arriba, por fin el alivio, la sensación de libertad y éxito efímero. El sobrecogimiento por el paisaje y las respuestas sin querer que hacen que todo comience a tener sentido. Al menos empezando por las palabras de la señora Ninfa, de Roboré, a quien había comentado, en una charla casual, que subiría a la famosa “Antesala del cielo”.



- ¡Ah! ¿Va a subir? – me había dicho - ¡Qué bien! Bonito es allá arriba, parece que no hay…



Mi primer pensamiento fue que, no había terminado de hablar, al darme cuenta que sí, que no proseguía nada más, mi segundo pensamiento fue que quizá aquello era algún tipo de expresión local que yo no estaba comprendiendo del todo, así que no pude evitar preguntarle.



- No hay… ¿qué?


- O sea, parece que no hay…- me volvió a decir mientras movía las manos como haciendo un gesto de que algo se desvaneciera delante de ella.


- ¿Cómo? ¿Qué, no hay? - pregunté todavía más confundida. Y entonces creo que terminé con su paciencia porque concluyó tajante.


- O sea ¡así! ¡Que no hay, parece que no hay! ¡Ay! ¡Ya lo va a ver allá arriba cuando suba! – y me miró con una gran sonrisa en la cara, que solo me dejó la certeza de que lo que sea que no hubiera, parecía ser bueno.



Santiago de Chiquitos está aproximadamente a 425Km de Santa Cruz de la Sierra, en el municipio de Roboré. El pueblo y sus atractivos turísticos alrededor se convierten prácticamente en la puerta de bienvenida al Área Protegida, Unidad de Conservación del Patrimonio Natural y Reserva de Vida Silvestre Tucabaca. Uno de los recorridos tradicionales es precisamente el que lleva al Mirador en la Serranía de Santiago.



Se comienza la caminata desde la gruta, un punto ubicado aproximadamente a tres kilómetros y medio de la plaza principal de Santiago. Desde ahí, a veinte minutos de subida, a 600 metros del inicio del sendero se llega a un primer mirador o “mirador Chico” desde donde se pueden observar el bosque seco Chiquitano y el Cerrado. Sin embargo, el verdadero desafío del sendero es llegar hasta el mirador más alto, el cual se encuentra en plena planicie de la Serranía y desde donde se contempla en su amplia magnitud el gran Valle de Tucabaca.



Subir en la madrugada hasta la cima es una actividad cardio – matutina que no solo resulta buena para el cuerpo, sino que alimenta también el alma. Siguiendo el mismo sendero que bordea el farallón, la meseta se abre hacia la derecha del rumbo que uno sigue naturalmente. Es una planicie extensa de vegetación muy rala al ras del suelo, a manera de racimitos, como pequeños penachitos que le sobresalen al suelo. Es pasto, pero no es una alfombra uniforme, éste es más agreste, más rebelde, más duro, porque allá arriba se tiene que soportar a campo abierto el sol, la lluvia y el viento, a todos ellos juntos o separados, en la más cruda magnitud de sus caprichos.




Hacia la izquierda, el farallón, los inmensos monolitos de piedra que se yerguen como los “guardianes de Santiago” algunos de los cuales tienen incluso más de 30 metros de altura y abajo hasta donde la vista se extiende, cual mar verde, el inmenso Valle de Tucabaca. En el horizonte las nubes bajas que quedan a los pies completan el cuadro y arriba en la bóveda del cielo las nubes que van dando paso a la luz del sol, terminan bañándolo todo en matices de luz que ambientan el paisaje y lo transforman en el lugar ideal donde la mente racional comienza a ser desafiada por el mundo espiritual.





La Reserva de Vida Silvestre Tucabaca tiene como uno de sus principales objetivos el de proteger las fuentes y los cursos de agua que nacen principalmente en la Serranía de Santiago y que son la base del sistema hídrico regional. En total la cuenca de Tucabaca alcanza las 3.412.954 has. y es considerada como la cabecera del río de La Plata. Se calcula que la cuenca de aporte produce un aproximado de 3.058 millones de metros cúbicos de agua por año.



Esto ocurre gracias a que las nubes cargadas de vapor de agua chocan en la serranía y comienzan a condensar. Gota a gota forman hilos de agua, que entretejidos entre sí dan paso a chorros que van convirtiéndose en vertientes, quebradas y por último ríos que alimentan millones de hectáreas y se extienden mucho más allá de la propia serranía proveyendo de agua para consumo y actividades económicas, como el agro y la ganadería, en cantidad y calidad a municipios y provincias a cientos de kilómetros, como por ejemplo las provincias Chiquitos, Germán Busch, Cordillera y Angel Sándoval particularmente los municipios de San José de Chiquitos, Roboré, Carmen Rivero Torres, Charagua, Puerto Suárez, Puerto Quijarro y San Matías.




Al borde del farallón siento el viento frío de la madrugada en la cara, veo las hojas de los pocos y pequeños arbustos sacudirse a mi alrededor y pienso en la importancia del lugar donde estoy parada, al mismo tiempo que me retumban las palabras de la señora Ninfa “allá arriba, parece que no hay


Entonces llega la respuesta y estoy segura que, paradójicamente la palabra que faltaba en aquella frase, era: límites. Lo que no hay, lo que se desvanece, ahí, donde nada más te separa de la cúpula celeste, la Antesala del Cielo, donde se pueden dejar atrás también los límites de la mente y pensar que los que faltan, allí visitan y abrazan, donde nacen los ríos, donde comienza la vida, la de ahí, la de allá, la de más allá y por qué no, quizá también la de mucho más allá.




Texto Gabriela Tavera

Fotos: Andrés Unterladstaetter

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© 2018 by Andres Unterladstaetter / Gabriela Tavera VAMOS

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