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Una, una de las historias detrás del fuego, ¿quién era "la vieja" del Otuquis?



- Está vieja – decía Andrés mientras la observaba a través del lente de la cámara.

- No digas eso, por ahí solo está flaca – le decía yo, que veía a la misma cierva adulta moverse lentamente a través del pastizal crecido en el pantano.

- Hmmm, no. Se nota, está viejita – insistía él.

- ¿Y si capaz está enferma la pobre?

- Puede ser, pero está vieja.


Esta fue una discusión que se repitió por lo menos unas cinco veces, se nos hizo hasta costumbre, hace algunos meses atrás, en el PN ANMI Otuquis, mientras hacíamos fotos de los valores naturales del área protegida. Uno de los más importantes, el ciervo de los pantanos.


Si bien aquél viaje estuvo dividido en dos etapas, y vimos muchos ciervos en el área, esta particular cierva cada vez nos llamó la atención, aprendimos a reconocerla. La vimos siempre en el mismo lugar, a la misma altura del camino, todos los días que hicimos el recorrido entre la entrada del área protegida y Puerto Bush.



De un lado o del otro del camino, ella estaba siempre en la misma zona, los mismos movimientos lentos, la misma flacura, las costillas notorias, era la única hembra con esa pinta, los demás individuos de la población estaban en una condición física notoriamente mejor, lo que hacía que ella en particular fuera fácilmente reconocible. A veces con un pajarito en el lomo, a veces ella sola, Andrés hasta se cansó de hacerle fotos después de algunos días.


- Ahí está la flaca – le decía yo cuando la encontrábamos.

- La vieja – insistía.

- La flaca.

- ¡La vieja!


Y así, sin darnos cuenta, habíamos entablado algún tipo de relación con ese animal que, aun estando vieja o flaca, aprendimos a reconocer, se nos volvió familiar. En las noches mientras descargábamos material a la computadora, fluían fotos de aves, de lagartos, de toda la biodiversidad y los paisajes que hicimos en Otuquis, zona que conocíamos desde hacía un año atrás. Y cuando aparecía ella en las imágenes, una vez más la misma “pelea”


- ¡Elay! la vieja.

- Que no es vieja, que está flaca.

- La Vieja.



Desde inicios de julio hasta la fecha, Bolivia sufre una oleada de incendios, que ha quemado ya más de cuatro millones de hectáreas de diferentes zonas de nuestro país. Hace algunos días hicimos una vuelta por los lugares en los que nos tocó trabajar desde inicios de año.

Lastimosamente encontramos paisajes que, hacía un par de meses fueron lienzos románticamente pintados de colores, reducidos a tonos ocres, cafés, gris y negro, sin bruma, sino un humo que pegaba duro a la vista.

Cuando nos tocó recorrer el Otuquis, vimos algo de esperanza, fue el único momento del viaje que pudo dar descanso a las emociones. Sin embargo, estamos conscientes que, es muy pronto para saber cuáles han sido los impactos reales del área y los paisajes que contiene. Una vez más vimos ciervos, solo que esta vez, todos parecían estar en el estado de “la vieja”, todos muy flacos ellos.


Cuando salíamos del área, vi una osamenta a algunos metros del camino.


-- !Pare! – fue lo único que atiné a decir al conductor.


Todos bajamos a observar el macabro escenario. Andrés y yo reconocimos el lugar, el mismísimo lugar, el escenario era distinto por supuesto, el palmar cercano no estaba verde, sino dorado y negro por el paso del fuego. El pasto ya no estaba alto, el agua había desaparecido, pero el lugar a la altura del camino era inconfundible.


-- Es la vieja – No sé cuál de los dos lo dijo primero.


Nos acercamos, vimos el lugar, como deseando internamente estar equivocados, vimos los restos.


La ciencia te enseña a reconocer, a veces, ciertos universos de la señal, a inferir, a jugar con las probabilidades, reconocer alguna característica individual, áreas de acción y otras cosas más que se pueden sumar. Sin embargo, la punzada que me atravesó el pecho, fue para mí la señal más contundente.


-- Es ella –


Ambos hubiéramos preferido que se la coma un depredador natural, o que desapareciera efectivamente de viejita, pero lastimosamente lo que la encontró fue el fuego. Claramente el fuego, porque no llegó muy lejos, estaba donde la habíamos visto reiteradamente, y el lado del cuerpo que quedó pegado al suelo, demostraba que cayó sobre una superficie caliente que calcinó la piel hasta los huesos. Por encima, quedaron algunos restos de piel, algunas partes con las cuales seguro después del fuego, terminaron las aves de rapiña.


Nos despedimos de ella, cada uno a su manera. Y cierro esta nota con las palabras que publicó el periodista al que acompañamos durante este último viaje, porque exactamente así se sintió. Para ambos, tanto para Andrés (fotógrafo), como para mí (bióloga) que, conformamos un equipo de trabajo que, tiene la finalidad de mostrar la belleza, de difundir los valores naturales y culturales de Bolivia, un país megadiverso, donde precisamente nuestras comunidades, sus tradiciones y costumbres están históricamente vinculadas a la naturaleza desde tiempos históricos.


“Al menos ya sé dónde está” responde la bióloga, como si fuera un familiar de un desaparecido al que le acaban de entregar sus restos.



#protectedareas #Bolivia #Vamos #desastrenacional


Texto: Gabriela Tavera/Fotografía: Andrés Unterladstaetter

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